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Campaña: Yo decido primera parte

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Con decisiones como la tomada a finales de enero por la Suprema Corte de Justicia de la Nación sobre el carácter discriminatorio prevaleciente en diversos artículos del Código Civil de Jalisco, y que éstos debían desecharse de inmediato (y eventualmente ser reformados por el poder legislativo estatal ) y de facto dar paso al ejercicio pleno de los derechos de las personas, en un aspecto fundamental como lo es la libre determinación de con quien se desea formar pareja y contraer matrimonio, se cierra un capítulo más de la lucha social que bien puede afirmarse fue abierto desde la década de los sesentas, e incluso antes, a favor de la defensa de las libertades que son inherentes a los seres humanos y que han sido limitadas por un régimen político, cultural y social que se distingue por ser conservador, opresivo y autoritario.

Existen al menos dos perspectivas desde las cuales abordar esto, que sin duda es un triunfo de la sociedad civil y de las instituciones jurídicas mexicanas. Una de naturaleza política, discursiva y cultural y otra desde la perspectiva meramente jurídica, ambas relacionadas entre sí por sus raíces en la forma en cómo conciben la naturaleza y los derechos de las personas y por las implicaciones prácticas que sus propuestas tienen en la manera en cómo la sociedad se organiza y evoluciona.

La perspectiva política podemos colocarla en la distinción básica de aquello por lo que lucha la izquierda y aquello por lo que pugna la derecha.

El politólogo italiano Norberto Bobbio señala que uno de los criterios que distinguen ideológicamente a la izquierda respecto de la derecha es que la izquierda se concibe a sí misma y lucha siempre a favor de la equidad y que la derecha tiende siempre hacia la inequidad. Equidad e inequidad que tienen mucho que ver y que en buena parte determinan dos conceptos de la organización social humana que son duales: inclusión/exclusión y justicia/injusticia.

Para el sociólogo francés Raymond Aron, los rasgos fundamentales de la izquierda son: “el énfasis en la libertad individual, el papel central de la organización política (necesaria para enfrentar a la derecha y cambiar el régimen) y la lucha contra los privilegios derivados del nacimiento y de la riqueza. En tanto que la derecha se distingue por la libertad como limitación del poder y de la acción del Estado en favor de la lógica del mercado, organizaciones menos basadas en las instituciones políticas y más en las comunidades naturales (la familia y la corporación) y finalmente, y en cualquier caso, una igualdad que tiene como límite infranqueable el no extenderse al campo de lo social pues la desigualdad entre las personas es natural e incluso deseable como motor de la libre empresa y del capitalismo. Para la derecha, la libertad tiene como frontera el respeto a la desigualdad económica y a la propiedad privada. Desde la perspectiva de la derecha, la desigualdad es inherente a la sociedad, por ello el gran reto de la política es mantenerla sin que las contradicciones desemboquen en choques de clase. De ahí el gran valor que el pensamiento conservador da, entre otras cosas, a la tradición y a la religión como fuentes de legitimidad de las discrepancias, la autoridad y la conformidad”.

¿Y qué tiene que ver esto con el matrimonio igualitario? Recordemos lo opinión de George Lakoff, destacado lingüista y asesor político norteamericano: “…hablar de matrimonio homosexual (igualitario) implica la devaluación de algo sacrosanto para mucha gente, lo cual es animado y tiene consecuencias desde y en la política… debido a que la mayoría de la gente no vota por sus intereses, sino en función de su identidad… los ciudadanos votan según su identidad… sobre la base de quiénes son, de qué valores tienen y a quién y a qué admiran… Y los estereotipos culturales y morales son los que más directamente enmarcan el voto por afinidad o por rechazo…”. Ya sea por una auténtica postura que ve al matrimonio y a la familia como instrumentos indispensables del orden social y económico que favorece la reproducción de las ideas y el orden conservador o por mera rentabilidad electoral y mezquindad política, lo cierto es que durante años los derechos de un sector de la población mexicana han sido socavados debido a sus preferencias sexuales, sin ningún otro argumento, que la discriminación como reunión de inequidad, exclusión e injusticia.

Para Lorenzo Meyer, historiador y analista político mexicano, la distinción entre derecha e izquierda depende de las posiciones que adoptan sobre temas que polarizan: los derechos de propiedad, la política fiscal, la política laboral, la política social o de redistribución, la función del Estado, la privatización sobre bienes y servicios públicos estratégicos, los derechos humanos y de las minorías, la religiosidad pública… En cualquier caso, la derecha es quien pone más obstáculos al cambio social (excepto cuando este es de tipo regresivo) y mayor énfasis en la obediencia, en las estructuras de autoridad y menos en la participación ciudadana en la toma de las decisiones y por la defensa de los derechos.

Una de las formas en cómo esta posición se hace valer y prevalecer es a través de la estructura jurídica que enmarca las relaciones en las sociedades modernas.

Lo que da pie al análisis, desde la perspectiva jurídica, de la decisión tomada por la Suprema Corte de Justicia de la Nación acerca de la inconstitucionalidad de diversos artículos del código civil del estado de Jalisco.

La disertación jurídica parte de la postura filosófica acerca de la condición humana que confiere a las personas aquello que llamamos dignidad y que está asociado con el reconocimiento de que toda persona tiene fines propios que debe cumplir por sí misma; lo que requiere de afirmación positiva para un desarrollo integral de la personalidad en lo individual y resguardo frente a las ofensas que la denigran o la minimizan en su interacción con otros individuos. La dignidad humana requiere entonces de la existencia de dos derechos: el libre desarrollo de la personalidad y la protección frente a cualquier tipo de discriminación por razón de nuestras diferencias (naturales o culturales) o desigualdades (económicas o sociales).

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